sábado, 10 de enero de 2015

De un tiempo

Era una adolescente llena de inquietudes cuando una tarde de invierno de 1978, descubrí en una galería del Village, una exposición de fotografías de Brassaï, Le Paris secret des années 30. Aquel mundo fascinante, enigmático y transgresor me atravesó como un rayo y toda mi vida la recorrió conmigo. En mi primer viaje a París en 1981, busqué aquellas huellas una a una y las hice mías. Fui descubriendo jirones nuevos de aquel universo que fue conformando y sigue vivo en la madurez de la vida. La nueva senda se unía a la de una niña ya apasionada por la historia que leía tochos a escondidas de mis compañeros de clase, porque no quedaba bien sentir tanta pasión por la historia. Así descubrí que al discutir sobre literatura con mis amigos podía comprender mejor los contextos, pues por puro placer había adquirido una formación esencial para cualquier persona. La literatura y la historia van de la mano, son inseparables, no concibo la una sin la otra. Flaubert nos hablaba de una educación sentimental. La mía comenzó en aquellos años y, como Pessoa, amé los heterónimos que me permitieron vivir e integrar vertientes distintas en mí.


martes, 6 de enero de 2015

El dandi


Los primeros indicios de un culto a lo excepcional se producen con el dandismo. El dandi nace en la sociedad inglesa de la Regencia, en los primeros decenios del siglo XIX, con George Brummel, que no es un artista ni un filósofo que reflexiona sobre la belleza y el arte. El amor a la belleza y a la excepcionalidad se manifiesta en él en los hábitos y en el vestir. La elegancia, que se identifica con la simplicidad (llevada hasta la extravagancia), se une al gusto por la frase desconcertante y el gesto provocador. Como ejemplo sublime de hastío aristocrático y de desprecio por la opinión, común, se cuenta que en cierta ocasión lord Brummel cabalgaba con su mayordomo por una colina y, viendo, desde lo alto de dos lagos, preguntó a un sirviente: “¿Cuál de los dos prefiero?”. Como diría más tarde Villiers de l’Isle Adam: “¿Vivir? Nuestros sirvientes piensan en ellos por nosotros”.
 
En los años de la Restauración y durante la monarquía de Luis Felipe, el dandismo (siguiendo la moda de la anglomanía muy extendida) penetra en Francia, conquista hombres de mundo, poetas, novelistas famosos, y halla finalmente sus teóricos en Charles Baudelaire y Jules-Amedeé d’Aurevilly.

A finales de siglo, el dandismo regresa a Inglaterra donde, convertido en imitación de las modas francesas, serla practicado por Oscar Wilde y por el pintor Aubrey Beardsley. En Italia aparecen elementos de dandismo en algunos comportamientos como Gabriele D’Annunzio.

Mientras algunos artistas del siglo XIX entienden el ideal del arte por el arte como culto exclusivo, paciente, artesanal, a una obra a la que dedicar la propia vida para plasmar la belleza en un objeto, el dandi (e incluso artistas que pretenden ser a la vez dandis) entiende este ideal como culto a la propia vida pública, que hay que “trabajar”, modelar, como una obra de arte para convertirla en un ejemplo triunfante de belleza. No es que la vida esté dedicada al arte, es el arte el que se aplica a la vida. La vida como arte.

Cómo fenómeno de costumbres, el dandismo presenta sus propias contradicciones. No es una rebelión contra la sociedad burguesa y sus valores (culto al dinero y la técnica), porque a fin de cuentas es una manifestación marginal de esta sociedad, evidentemente no revolucionario sino aristocrática (aceptada como adorno excéntrico). A veces el dandismo se manifiesta como oposición a los prejuicios y a las costumbres corrientes, y de ahí que a algunos dandis les parezca significativa la opción de la homosexualidad, que en aquella época era totalmente inaceptable y penalmente punible (es bien conocido el doloroso proceso contra Oscar Wilde).

Umberto Ecco (Historia de la belleza)

El perfecto dandi

Charles Baudalaire
El pintor de la vida moderna, 1869

La idea que el hombre se forma de la belleza se imprime en toda su indumentaria, arruga o estira su traje, afina o endurece su gesto y penetra incluso sutilmente, con el tiempo, en los rasgos de su rostro. El hombre acaba pareciéndose a lo que querría ser. El hombre rico, ocioso, algo escéptico, que no tiene más ocupación que correr detrás de la fortuna; el hombre que ha crecido en el lujo y está acostumbrado desde la juventud a la obediencia de los otros hombres, que no tiene más profesión que la elegancia, tendrá siempre, en todas las épocas, una fisonomía distinta, diferente a cualquier otra. El dandismo es una institución vaga, extravagante, como el duelo. (…) El dandi no tiende al amor como a un fin especial. (…) El dandi no aspira al dinero como a algo esencial; tendría bastante como un crédito finito; de buen grado deja esta trivial pasión a los hombres vulgares.

El dandismo no es, como muchas personas poco reflexivas quieren creer, un exceso de aseo y de elegancia material. Estas cosas no son para el prefecto dandi más que un símbolo de la superioridad aristocrática de su espíritu. Así a sus ojos, deseosos sobre todo de distinción, la perfección del aseo consiste en la máxima simplicidad, que es, en realidad, la mejor forma de distinguirse. (…) Es, antes que nada, la necesidad ardiente de crearse una originalidad, contenida en los límites externos de las conveniencias. Una especie de culto a sí mismo, que puede sobrevivir a la búsqueda de la felicidad que se encuentra en los demás, en la mujer por ejemplo: que pude sobrevivir incluso a todo lo que se llama ilusión. Es el placer de sorprender y la satisfacción de no sorprenderse nunca.

La Môme Bijou


























Una noche de invierno de 1932, alrededor de las dos de la madrugada, entré en un pequeño bar de Montmartre, el Bar de la Lune. La primera figura que vi entre la nube de humo, fue la de una mujer sin edad que estaba sentada sola con una copa de vino tinto en sus manos. Sus oscuras vestimentas relucían de extraña manera. Su pecho estaba cubierto por una increíble cantidad de joyas: broches, prendedores, cadenas, collares; un verdadero árbol de Navidad con guirnaldas y estrellas brillantes.

¡Y anillos! ¡Más de una docena! Dos en cada uno de sus gordezuelo dedos, entrelazados con las falsas perlas de los collares con que envolvía sus muñecas como si fueran brazaletes.

Como un estomatólogo que descubre un insecto raro, monstruosamente hermoso, quedé sobrecogido ante esta fantástica aparición que había surgido de la noche: acababa de descubrir a quien fuera un día la reina de la fauna nocturna de Montmartre.

“¿Cómo, no sabe quién es?”, me preguntó el camarero, sorprendido ante mi asombro. Es la Môme Bijou, La Niña de las Joyas. “Una vez fue una mujer rica y famosa, se daba la gran vida. Cuando la gente aún usaba carruajes, paseaba en calesa por el Bosque de Boulogne... Ahora vive de la caridad, les lee a los clientes la palma de la mano”.

Fascinado, la devoraba con mis ojos. La Niña de las Joyas era un vivo cuadro de extraordinario refinamiento. La oscura y espesa capa de terciopelo negro, pasada de moda, ajada y desgarrada, con lunares brillantes, tocada con un cuello de piel apolillada, su vestido de noche negro, a la moda de 1900, todo de seda y encajes surgía enmarcado por los verdes, malvas, rosa pálido, colores nacarados de sus perlas falsas, el esplendor de las joyas: falsos rubíes, turquesas y esmeraldas. Era la paleta de Gustave Moreau... Su rostro, cubierto por un blanco maquillaje de payaso, era suavizado por un velo verde decorado con vaporosas rosas.

Aun así, detrás de sus brillantes ojos, todavía seductores, iluminados con la luz de la Belle Époque, como si hubieran escapado al paso de los años, el fantasma de una bella y joven mujer parecía asomarse sonriendo. ¿Habría sido la Niña de las Joyas realmente una cortesana, una joven hermana de Cléo de Mérode, Liane de Pougy, la Bella Otero, Odette de Crécy –todas tan queridas por Marcel Proust–, o se había ofrecido caminando por las calles entre el Moulin Rouge y la Place Pigalle, de bar en bar, de un cabaret a otro, de un cuerpo a otro, como alguno de los clientes del bar me contaron? Yo quería saber sobre su vida, quería que me contara sus recuerdos. ¿Dónde había vivido? ¿Había dormido en cama de baldaquín con velos y encajes…, o en un misérrimo jergón? ¿Me enseñaría sus antiguas fotografías, la prueba de su dorado pasado? Era muy tarde para emprender una conversación con ella. Le saqué sólo tres fotografías, pero pretendía regresar otra noche. Desgraciadamente, nunca mas la volvería a ver.

Una mañana, después de que mi libro París de Nuit se publicara en 1933, la Niña de las Joyas escenificó una inolvidable aparición en la oficina de mi editor. Envuelta en sus más relumbrantes galas, extravagantemente maquillada, inspiraba pánico. Fuera de su entorno, desprovista de la complicidad de la noche, desenmascarada a la luz del día, resultaba monstruosa. “Usted publicó mi foto en su libro”, me gritó amenazante. “Publicó cosas desagradables sobre mí. ¿Conque parezco escapada de una pesadilla de Baudelaire? ¿Yo, una pesadilla? ¡Me las pagará caras!” Y se negó a marcharse hasta que el editor la hubiera pagado por aquel “insulto”.

La loca de Chaillot de Jean Giraudoux, escrita en 1943 durante la Ocupación, y puesta en escena por primera vez el 21 de diciembre de 1945, en el Athénée, rescató a la Môme Bijou de las sombras. En aquel entonces se pensó que había sido la inspiradora de la obra teatral de Giraudoux. Y como la obra también fue estrenada en Londres y Nueva York, se hizo mundialmente famosa. “Me acuerdo bien de ella”, escribió Joseph Kessel al día siguiente de la primera representación teatral: “Se la podía ver al amanecer en Montmartre, cuando la noche daba paso a la fatiga y las alucinaciones. De repente, podía aparecer en alguna brasserie del Boulevard Clichy o en una delicatessen de la Place Pigalle, y nadie prestaba mucha atención. Estaban acostumbrados a ella. Formaba parte de los noctámbulos, de la gente turbia. Los rufianes le compraban salchichas y vino tinto para que les contara sus historias. Cada mañana terminaba borracha y nunca se reía. Una horrible, fascinante anciana, al borde de la locura, al borde de la decadencia, pero con un indefinible aire de gracia y amor...”

La Niña de las Joyas no fue el único modelo que tuvo Giraudoux. Había otra demente, la Loca de Alma; y la heroína de la obra Aurelia la Loca constituía la síntesis de estas dos excéntricas figuras. Contrariamente a La Niña de las Joyas, la Loca de Alma fue una mujer inmensamente rica y no una antigua cortesana. A veces se la veía por los alrededores de la Plaza de Alma, cargada de baratijas, collares, piedras semipreciosas, plumas, lazos, cintas de terciopelo, con una bufanda de encaje de Valenciennes alrededor de su cuello, con su cabeza envuelta en una nube de tules. Indiferente a los transeúntes, iba paseando majestuosamente bajo su parasol de encaje como una sonámbula. Si la Môme Bijou es más conocida que la Loca de Alma, es por mis fotografías, que fueron usadas para diseñar el vestuario de la obra, mientras que no existen fotos, que yo sepa, de la Loca de Alma.

Treinta años después, en 1963, en Menton, estábamos colgando las fotografías de mi exposición, las cuales habían sido exhibidas anteriormente en la Biblioteca Nacional. Incluí en particular la de la Niña de las Joyas, que un periódico de Niza había reproducido por la mañana. De repente, un anciano, aún vigoroso y primorosamente vestido, entró en el Palacio y preguntó si podía verme.

“Señor, ¿es usted el autor de esta fotografía?”, me preguntó. Cuando abrí el periódico, me quedé conmocionado. “¡Así que usted la conoció!”, añadió. “Quiero saberlo porque en mi temprana juventud fui amante de La Niña de las Joyas...”

Se trata de un encuentro milagroso. ¿Al fin podría saber la historia de La Niña de las Joyas? 

“Hace ya mucho tiempo”, me dijo mi visitante. “Podría contarle tantas cosas...”, agregó.

Desafortunadamente, la instalación de la exposición no estaba terminada, y me disculpé prometiendo a este noble anciano que estaba inmensamente interesado en su historia y que le visitaría en unos días. Visiblemente molesto –temblaba rabiosamente–, me alargó su tarjeta y se marchó.

Mantuve mi palabra. Pero cuando llegué a su mansión, uno de esos desvencijados palacios de Menton de los tiempos de los Grandes Duques, y mencioné su nombre, Dumont-Chaterêt, fui recibido con consternación en la recepción: demoras, consultas, llamadas telefónicas. Después de una larga espera, el portero me pregunto:

“¿Es usted miembro de la familia?”
“No”, respondí, “pero Monsieur Dumont-Chaterêt me quería ver. Fijamos una cita por teléfono. ¿Por favor, me puede anunciar?”

“Perdoné, señor, pero es imposible...”

“¿Imposible? ¿Por qué?”

“Monsieur Dumont-Charterêt acaba de morir. Falleció de repente ayer por la tarde. Lo siento, señor.”

Mi anciano galán se llevó su secreto a la tumba. Así que nunca habré de conocer la verdadera historia de la Môme Bijou.

Brassaï
(Traducido por moi)