Era una adolescente llena de inquietudes cuando una tarde de invierno de 1978, descubrí en una galería del Village, una exposición de fotografías de Brassaï, Le Paris secret des années 30. Aquel mundo fascinante, enigmático y transgresor me atravesó como un rayo y toda mi vida la recorrió conmigo. En mi primer viaje a París en 1981, busqué aquellas huellas una a una y las hice mías. Fui descubriendo jirones nuevos de aquel universo que fue conformando y sigue vivo en la madurez de la vida. La nueva senda se unía a la de una niña ya apasionada por la historia que leía tochos a escondidas de mis compañeros de clase, porque no quedaba bien sentir tanta pasión por la historia. Así descubrí que al discutir sobre literatura con mis amigos podía comprender mejor los contextos, pues por puro placer había adquirido una formación esencial para cualquier persona. La literatura y la historia van de la mano, son inseparables, no concibo la una sin la otra. Flaubert nos hablaba de una educación sentimental. La mía comenzó en aquellos años y, como Pessoa, amé los heterónimos que me permitieron vivir e integrar vertientes distintas en mí.sábado, 10 de enero de 2015
De un tiempo
Era una adolescente llena de inquietudes cuando una tarde de invierno de 1978, descubrí en una galería del Village, una exposición de fotografías de Brassaï, Le Paris secret des années 30. Aquel mundo fascinante, enigmático y transgresor me atravesó como un rayo y toda mi vida la recorrió conmigo. En mi primer viaje a París en 1981, busqué aquellas huellas una a una y las hice mías. Fui descubriendo jirones nuevos de aquel universo que fue conformando y sigue vivo en la madurez de la vida. La nueva senda se unía a la de una niña ya apasionada por la historia que leía tochos a escondidas de mis compañeros de clase, porque no quedaba bien sentir tanta pasión por la historia. Así descubrí que al discutir sobre literatura con mis amigos podía comprender mejor los contextos, pues por puro placer había adquirido una formación esencial para cualquier persona. La literatura y la historia van de la mano, son inseparables, no concibo la una sin la otra. Flaubert nos hablaba de una educación sentimental. La mía comenzó en aquellos años y, como Pessoa, amé los heterónimos que me permitieron vivir e integrar vertientes distintas en mí.
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