Los primeros indicios de un culto a lo excepcional
se producen con el dandismo. El dandi nace en la sociedad inglesa de la
Regencia, en los primeros decenios del siglo XIX, con George Brummel, que no es
un artista ni un filósofo que reflexiona sobre la belleza y el arte. El amor a
la belleza y a la excepcionalidad se manifiesta en él en los hábitos y en el
vestir. La elegancia, que se identifica con la simplicidad (llevada hasta la
extravagancia), se une al gusto por la frase desconcertante y el gesto
provocador. Como ejemplo sublime de hastío aristocrático y de desprecio por la
opinión, común, se cuenta que en cierta ocasión lord Brummel cabalgaba con su
mayordomo por una colina y, viendo, desde lo alto de dos lagos, preguntó a un
sirviente: “¿Cuál de los dos prefiero?”. Como diría más tarde Villiers de l’Isle
Adam: “¿Vivir? Nuestros sirvientes piensan en ellos por nosotros”.
En los años de la Restauración y durante la
monarquía de Luis Felipe, el dandismo (siguiendo la moda de la anglomanía muy extendida)
penetra en Francia, conquista hombres de mundo, poetas, novelistas famosos, y halla
finalmente sus teóricos en Charles Baudelaire y Jules-Amedeé d’Aurevilly.
A finales de siglo, el dandismo regresa a
Inglaterra donde, convertido en imitación de las modas francesas, serla
practicado por Oscar Wilde y por el pintor Aubrey Beardsley. En Italia aparecen
elementos de dandismo en algunos comportamientos como Gabriele D’Annunzio.
Mientras algunos artistas del siglo XIX entienden
el ideal del arte por el arte como culto exclusivo, paciente, artesanal, a una
obra a la que dedicar la propia vida para plasmar la belleza en un objeto, el
dandi (e incluso artistas que pretenden ser a la vez dandis) entiende este
ideal como culto a la propia vida pública, que hay que “trabajar”, modelar,
como una obra de arte para convertirla en un ejemplo triunfante de belleza. No
es que la vida esté dedicada al arte, es el arte el que se aplica a la vida. La
vida como arte.
Cómo fenómeno de costumbres, el dandismo presenta sus
propias contradicciones. No es una rebelión contra la sociedad burguesa y sus
valores (culto al dinero y la técnica), porque a fin de cuentas es una
manifestación marginal de esta sociedad, evidentemente no revolucionario sino
aristocrática (aceptada como adorno excéntrico). A veces el dandismo se
manifiesta como oposición a los prejuicios y a las costumbres corrientes, y de
ahí que a algunos dandis les parezca significativa la opción de la
homosexualidad, que en aquella época era totalmente inaceptable y penalmente
punible (es bien conocido el doloroso proceso contra Oscar Wilde).
Umberto Ecco (Historia de la belleza)
El
perfecto dandi
Charles Baudalaire
El
pintor de la vida moderna, 1869
La idea que el hombre se forma de la belleza se
imprime en toda su indumentaria, arruga o estira su traje, afina o endurece su
gesto y penetra incluso sutilmente, con el tiempo, en los rasgos de su rostro.
El hombre acaba pareciéndose a lo que querría ser. El hombre rico, ocioso, algo
escéptico, que no tiene más ocupación que correr detrás de la fortuna; el
hombre que ha crecido en el lujo y está acostumbrado desde la juventud a la
obediencia de los otros hombres, que no tiene más profesión que la elegancia,
tendrá siempre, en todas las épocas, una fisonomía distinta, diferente a
cualquier otra. El dandismo es una institución vaga, extravagante, como el
duelo. (…) El dandi no tiende al amor como a un fin especial. (…) El dandi no
aspira al dinero como a algo esencial; tendría bastante como un crédito finito;
de buen grado deja esta trivial pasión a los hombres vulgares.

No hay comentarios:
Publicar un comentario