No haré un ejercicio de historia mil veces hechos por otros mejor de lo que yo podría hacer en un breve espacio. Relataré la profunda catarsis que ayer me produjo “El Almirante” (Aleksandr Vasilievich Kolschak). Había oído hablar de la película, tampoco es ésta una reseña al uso del film, pero me daba miedo meterme en otra historia “Nicolás y Alejandra”. Aunque todas mis condolencias van por sus muertes y, sobre todo, por lo que se perdió con ellos, pero a mi la corte zarista en si, nunca ha sido una de mis grandes pasiones. En cambio, su posterior desenlace lo llevó clavado en el corazón como una daga.
Venero con profundo respeto y dolor el destino de los rusos
blancos, allí donde fueran, pero especialmente los que tantas penurias pasaron
en mi amado distrito noveno de París.
Habré leído infinidad de libros para entender las causas de
la Gran Guerra, racionalmente he logrado comprenderlas. Y aunque es fácil
hablar a toro pasado, emocionalmente se me hace un nudo en la garganta y no me
entra en la cabeza como un continente, una civilización, la mayor, se suicida
de semejante manera. Solamente pensando en la caída de Roma me aclaro algo, y en el ansia de poder
desmedida de los hombres, de aquellas élites ya marchitas, la envidia de los de
abajo y la maldad humana.
Ayer mientras seguía “El Almirante” (en puro llanto no me avergüenza
decirlo) y sentía que aquellos valores, los que yo amaba, pertenecían a un
mundo fenecido: patria, Dios, el emperador, el honor, el valor, la verdad, la Belleza,
me sentía sola, perdida, desarraigada y solo me consolaba el recuerdo de un
puñado de amigos. En este mundo individualista, egoísta, feo, de traidores, canallas y falsos, una se
refugia en lo que puede: en el recuerdo de los grandes imperios, en una puesta
de sol junto al mar, o soñando con un verano en un Lido que ya nunca más será.
¿Qué hemos ganado? ¿tecnología? ¿bienestar material? Sí.
Nuestras vidas son más cómodas, largas, penosas y depresivas. ¿Libertad? No, perdón,
libertad no hemos ganado, ni sentido de la justicia. A la supuesta “igualdad” la hemos convertido en
mediocridad, porque la igualdad por ley natural, señores, no existe. Y gritar lo
que yo quiera sin que nadie se oponga pero tampoco me oiga, eso es libertad
para tontos.
Pues bien, mientras yo seguía emocionada “El Almirante”, mis
vecinos debían tener puesto algún programa de esos de estilo Sálvame o Mátalos,
que es lo mejor que podría hacer, pensé: acabar con ellos y no sentí
remordimiento alguno.
Cambiaría años de mi vida por unas schubertiades o una noche
decimonónica de invierno en calesa por Viena. Preferiría haber nacido en Viena
y no salir jamás de allí, solo hasta Bad
Ischl, antes de las ventajas que he tenido de viajar a donde me plazca. Yo
hubiera de todas maneras, aun naciendo en el XIX, llegado a Florencia, todo
esto pensaba mientras contemplaba al Almirante que, contra viento y marea,
nunca mejor dicho, de rodillas, rezaba ante Dios en el mar Báltico, momento
antes de despedazarse con sus primos alemanes, y ante ese sentimiento profundo
de que algo es superior a nosotros yo me inclino, ante ese Dios Todopoderoso
que quizás no quiso poder.
Ese fue el mundo que se perdió a la caída de los grandes
imperios, cuando el poder cruza los mares y se instala en Estados Unidos, país
que da la espalda a los grandes valores tradicionales de Europa, e instala una
comunidad de seres elementales que van a por el buen rollito, y esto dicho en
argot español lo dice Tocqueville, no yo. Que nadie se llame a equivocación:
hoy Estados Unidos respeta más esos valores que la propia Europa, que hundida y
desesperada de si misma, ahora quiere ser más moderna que la modernidad. La
democracia llevada a todos los ámbitos de la sociedad no tiene el menor sentido
civilizador y si, además, carece de líderes que la puedan sostener y elevar
de las masas furibundas, se convierte en un corral de cerdos, con perdón de los
cerdos.
Ya no abra nunca duques que tengan amores imposibles con
amantes que lleven sombreros con tules, pero amores realizados en la
clandestinidad, archiduques que transgredan nada, ni noches oscuras en burdeles
fortuitos. Y estos valores, aunque a la pequeña burguesía de hoy no guste, no están
en contraposición con patria, Dios y Rey, todo lo contrario.
Lloro y lloraré por un mundo "espirituosamente voluptuoso" que se perdió hace
un siglo, y por toda su grandeza.
“Ya no hay aristocracia ni pueblo, solo plebe rica y plebe
pobre”
Nicolás Gómez Dávila.
Nicolás Gómez Dávila.








