domingo, 12 de junio de 2016

El Almirante. La caída de los grandes imperios.






No haré un ejercicio de historia mil veces hechos por otros mejor de lo que yo podría hacer en un breve espacio. Relataré la profunda catarsis que ayer me produjo “El Almirante” (Aleksandr Vasilievich Kolschak). Había oído hablar de la película, tampoco es ésta una reseña al uso del film, pero me daba miedo meterme en otra historia “Nicolás y Alejandra”. Aunque todas mis condolencias van por sus muertes y, sobre todo, por lo que se perdió con ellos, pero a mi la corte zarista en si, nunca ha sido una de mis grandes pasiones. En cambio, su posterior desenlace lo llevó clavado en el corazón como una daga.



Venero con profundo respeto y dolor el destino de los rusos blancos, allí donde fueran, pero especialmente los que tantas penurias pasaron en mi amado distrito noveno de París.

Habré leído infinidad de libros para entender las causas de la Gran Guerra, racionalmente he logrado comprenderlas. Y aunque es fácil hablar a toro pasado, emocionalmente se me hace un nudo en la garganta y no me entra en la cabeza como un continente, una civilización, la mayor, se suicida de semejante manera. Solamente pensando en la caída de Roma me aclaro algo, y en el ansia de poder desmedida de los hombres, de aquellas élites ya marchitas, la envidia de los de abajo y la maldad humana.

Ayer mientras seguía “El Almirante” (en puro llanto no me avergüenza decirlo) y sentía que aquellos valores, los que yo amaba, pertenecían a un mundo fenecido: patria, Dios, el emperador, el honor, el valor, la verdad, la Belleza, me sentía sola, perdida, desarraigada y solo me consolaba el recuerdo de un puñado de amigos. En este mundo individualista, egoísta, feo, de traidores, canallas y falsos, una se refugia en lo que puede: en el recuerdo de los grandes imperios, en una puesta de sol junto al mar, o soñando con un verano en un Lido que ya nunca más será.

¿Qué hemos ganado? ¿tecnología? ¿bienestar material? Sí. Nuestras vidas son más cómodas, largas, penosas y depresivas. ¿Libertad? No, perdón, libertad no hemos ganado, ni sentido de la justicia. A  la supuesta “igualdad” la hemos convertido en mediocridad, porque la igualdad por ley natural, señores, no existe. Y gritar lo que yo quiera sin que nadie se oponga pero tampoco me oiga, eso es libertad para tontos.

Pues bien, mientras yo seguía emocionada “El Almirante”, mis vecinos debían tener puesto algún programa de esos de estilo Sálvame o Mátalos, que es lo mejor que podría hacer, pensé: acabar con ellos y no sentí remordimiento alguno.

Cambiaría años de mi vida por unas schubertiades o una noche decimonónica de invierno en calesa por Viena. Preferiría haber nacido en Viena y no salir jamás de allí, solo  hasta Bad Ischl, antes de las ventajas que he tenido de viajar a donde me plazca. Yo hubiera de todas maneras, aun naciendo en el XIX, llegado a Florencia, todo esto pensaba mientras contemplaba al Almirante que, contra viento y marea, nunca mejor dicho, de rodillas, rezaba ante Dios en el mar Báltico, momento antes de despedazarse con sus primos alemanes, y ante ese sentimiento profundo de que algo es superior a nosotros yo me inclino, ante ese Dios Todopoderoso que quizás no quiso poder.

Ese fue el mundo que se perdió a la caída de los grandes imperios, cuando el poder cruza los mares y se instala en Estados Unidos, país que da la espalda a los grandes valores tradicionales de Europa, e instala una comunidad de seres elementales que van a por el buen rollito, y esto dicho en argot español lo dice Tocqueville, no yo. Que nadie se llame a equivocación: hoy Estados Unidos respeta más esos valores que la propia Europa, que hundida y desesperada de si misma, ahora quiere ser más moderna que la modernidad. La democracia llevada a todos los ámbitos de la sociedad no tiene el menor sentido civilizador y si, además, carece de líderes que la puedan sostener y elevar de las masas furibundas, se convierte en un corral de cerdos, con perdón de los cerdos.




Ya no abra nunca duques que tengan amores imposibles con amantes que lleven sombreros con tules, pero amores realizados en la clandestinidad, archiduques que transgredan nada, ni noches oscuras en burdeles fortuitos. Y estos valores, aunque a la pequeña burguesía de hoy no guste, no están en contraposición con patria, Dios y Rey, todo lo contrario.

Lloro y lloraré por un mundo "espirituosamente voluptuoso" que se perdió hace un siglo, y por toda su grandeza.

“Ya no hay aristocracia ni pueblo, solo plebe rica y plebe pobre”
Nicolás Gómez Dávila.



6 comentarios:

  1. Hola Helena: Veo que la pelicula ejerció cierta catarsis en ti. Hay cosas que comparto y otras no, es cierto que vivimos una sociedad individualista, yo en Marruecos conocí otro mundo, y hay cosas que añoro, ahora la gente se dice cuatro cosas por internet y no se queda,a veces el mundo es el ordenador y yo, hay cosas que nunca podré vivir, si a ti te hubiera gustado dar un paseo por la Viena de principios de siglo a mi me hubiera gustado vivir en el San Petesburgo de principios de siglo. En cuanto a la caida de los grandes imperios discrepo por varios motivos, y eso que he leido sobre el Zar y su entorno, y su muerte me pareció innecesaria y atroz, pero estoy convencida que el mundo lo mueven hilos invisibles que ni tu ni yo comprendemos. ¿ Debería haber habido otra posibilidad? Deberia de haberla habido, pero esto sería entrar en el mundo de la filosofía y temas que se nos escapan. Tambien me pregunto porque tuvieron que morir 6 millones de judios, pero no tengo respuesta, le doy al mas de Google.

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  2. Gracias, Cecilia, por comentar. A mi tampoco me gusta quedarme en el ordenador y hago todo lo posible por huir de él. Lo haré la próxima semana, pero no es menos cierto que escribir me sirve de catarsis, aunque no lo hago a menudo y solo de manera muy personal. Que conste que no me considero escritora. Escribir es palabra muy alta y yo tengo un gran concepto de ella. Me dices que en cuanto a la caída de los grandes imperios discrepas por varios motivos, aunque no me quedan claros cuales. Si te refieres al Zar, yo también pienso que no tuvo la culpa del todo por Dios, pero es que ninguno la tuvo. Es un tema apasionante y podríamos estar hablando horas, porque si el Zar no tuvo la culpa, menos la tuvo el pobre emperador austriaco viejo y enfermo. Que al mundo lo mueven hilos invisibles nadie lo duda, como tampoco que el azar esta ahí presente siempre como elemento primordial. Sin embargo, la Gran Guerra sí pudo haberse evitado. Y no te preocupes por los paseos podemos ir juntas tanto por Viena como por San Petesburgo. Yo soy vienesa de corazón. Lo de los judíos ¿qué puede decirte esta austrohúngara que tiene por maestro a Stefan Zweig? Por mucho que la alumna no esté a la altura del profesor.

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  3. Escribo desde el móvil, que es más incómodo. Pero me he emocionado mucho con tu relato y descripción de ese cambio generacional que como bien dices, nos aportó ciertas comodidades, pero el precio que hubo que pagar por ellas fue demasiado alto, la muerte de un mundo con valores más nobles que los que imperan hoy. Cada vez menos humanistas. Siempre he creído que los avances tecnológicos que se producieron en un período de cien años fueron demasiados que no fue posible para ninguna sociedad poder asimilarlos.
    La Rusia zarista era un sistema bastante atrasado, poco atractivo para estudio, pero el trágico destino de la Familia Romanov (recordemos que fueron aproximadamente 20 miembros de la familia que fueron asesinados por los bolcheviques) fue el hecho que atrajo a la gente, además de ese exilio, vamos a decir, en cierto sentido, exquisito por todo lo que significó para París, pero con aristócratas y grandes duques que dejaron atrás los días de tournée en grandes hoteles y balnearios, para vivir sus últimos días conduciendo taxis o animando fiestas.

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  4. Fabi, nunca sentí mayor emoción por aquella corte tan alejada de su pueblo, la más alejada de toda Europa sin ser de las más viejas dinastías. Desde luego lo que le sucedió nos marcó a todos, porque no se lo merecían. Adoro la literatura rusa, pero tengo con ellos, mis más y mis menos. Quizás por Austria, por una isla.... y el expansionismo ruso que me da pavor. Y sin embargo, tal vez por la isla, aprendí a amar y venerar a aquellas legiones de modistas francesas que habían sido, no solo grandes duquesas o princesas rusas, simplemente grandes damas rusas que como profesoras de piano, de baile, modistas y tantos otros oficios se ganaban la vida en París, en Niza, en Sanremo. Los porteros de los cabarets, etc. La aristocracia venida a menos tiene un encanto que la burguesía no puede comprender. Algo que se ha estudiado muy poco y que voy a empezar a prestar más atención, si pudiera. Hoy esa inmigración se mezcló con armenios y franceses y no te enteras de quienes son, a no ser que alguno te diga mi bisabuelo tal…. Tú sí sabes que tengo un amigo hijo de ruso blanco, de un conde.
    El pobre hoy tan viejo y tan chafado que prefiero ni hablar de él. En dos semanas cuando este de vuelta, charlaremos de este tema. Por cierto los judíos fueron más perseguidos en la rusa zarista que en el Imperio Austrohúngaro, donde Francisco José no lo permitía (aportaré documentación) y hasta donde llegaba a ser barones del Imperio, si eran ricos o buenos funcionarios… y algún periodista judío que mucho daño hizo al imperio y después murió en los campos de concentración nazi. Ya hablaremos

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  5. Helena me gustaria saber quien es ese amigo ruso blanco hijo de un Conde, yo busco informacion sobre una aristocrata que fue amante de Lenin y no he conseguido saber quien es, aunque tengo una foto en ni blog en frances.¡¡ Mira que si la cononciera!!

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  6. Te dejo el link del blog en frances, luego si quieres lo borras.

    http://leninintime.blogspot.com.es/2016/04/lise-de-k-maitresse-de-lenine.html

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